Unido al ruido informativo está el ruido del imaginario y de la memoria. Desde siempre, tanto el imaginario individual como colectivo compartían en toda sociedad una serie de imágenes –de cualquier índole- que dotaban de sentido y memoria a un determinado destino, a una época, a una historia. Esta comunidad de imágenes se ha roto hoy en día. La nueva sintaxis de la imagen, del cine a la televisión, y sobre todo la extensión de la realidad virtual de la red ha ocupado ese espacio. El imaginario se ha desplazado a la red, donde puede hallarse cualquier imagen posible y cualquier novedad al instante -y al instante olvidada-, y con ello desaparece también la imagen primordial y la imaginación misma. Pues la red, al mismo tiempo que desarrolla las posibilidades de comunicación y consulta, multiplica el ruido de fondo, no está libre -al contrario- de la intoxicación informativa o la distorsión, acelera la caducidad del conocimiento y corroe la memoria personal y colectiva. Pero toda imaginación, en el arte, la iconografía, la literatura o el cine, en cualquier tipo de cultura, necesitaban siempre de un espacio de vacío, un mínimo de tiempo de permanencia y un poco de silencio.
¿Cuanto dura una imagen?
– la imagen sagrada y ahistórica, presencia revelada en las vidrieras e iconos de los templos, dura eternamente, está allí antes de sus feligreses y quedará posteriormente, puesto que su naturaleza -tal como la perciben sus adoradores- permanece más allá del tiempo.
– las imágenes históricas, tanto las construidas voluntariamente para la Historia -como las del cuadro de Velazquez “La Rendición de Breda”, las de “Octubre” de Eisenstein o las de Hitler en El Triunfo de la Voluntad, de Leni Reifestalh- marcan toda una época y tienen vocación de prolongarse más allá de ella, en la memoria de los siglos. Otras imágenes crecen y se cristalizan y conforman el imaginario de toda una generación, aunque no más allá, como las de los Beatles, el Che, etc…, pero en todo caso permanecen un tiempo.
– la imágen líquida, de aluvión, de nuestras múltiples pantallas actuales -incluidas las de los mass-media, sea cual sea su contenido- no está hecha para cristalizar ni permanecer sino para desaparecer o dar paso a otra, sin posibilidad de secuenciación, sin que viva en el plano.