Un noticiario es incapaz de distinguir entre la caida de una civilización y un choque de bicicletas en al calle.
Bernard Shaw.
Tomemos la cita de B. Shaw y extendámosla hoy exponencialmente a los múltiples canales y redes de información instantánea. Resultará interesante indagar en las sinergias y similitudes que existen entre el citado ruido espacial, el nuevo espacio virtualizado de nuestras ciudades, y el ruido informativo en que habitamos, así como el ruido que avanza y va ocupando nuestro imaginario. En cierto modo, los tres son aspectos de un mismo ruido y se explican entre sí.. Porque, en buena medida, el ruido informativo, la desorientación e intoxicación, la permanente ruptura del discurso, el aluvión de fogonazos de actualidad y trending-topics, la volatilidad de las noticias, la privación de tiempo, exposición y claridad en su tratamiento, todo ello –premeditadamente o no- enturbia el fondo de nuestro conocimiento y nos deja en la desorientación o la apatía.
Por un lado, es cierto, han aumentado las posibilidades de hacer visible o acceder a lo que secularmente se consideraban secretos del poder -por la diversidad de intereses contrapuestos en lo que Popper llamó “sociedades abiertas”, diversidad de medios, canales y fuentes de investigación, filtración, etc…- pero en la práctica, en el día a día, resulta casi imposible discriminar entre los hechos o noticias relevantes, las que traerán consecuencias, y las triviales o inanes; diferenciar las verdaderas de las falsas o qué grado de verdad o falsificación contienen.
La gran mayoría de la gente no tiene tiempo ni medios para emprender dichas averiguaciones, mucho menos de sacar conclusiones, así que finalmente reina la vorágine y la confusión y con ella la imposibilidad de formar un relato, no ya verdadero sino mínimamente coherente, de los acontecimientos. El resultado, un escepticismo generalizado sobre la verdad informativa, una apatía respecto del interés común y el relato histórico, una inhibición respecto del compromiso político.
Bastará con detenerse un momento y analizar con algo de detalle la evolución del lenguaje televisivo de las últimas décadas, el ritmo acelerado y la frenética realización en cámara de los programas, el ruidoso espectáculo de las tertulias políticas y sus sinergias con las tertulias del corazón o deportivas, la interrupción constante y premeditada de la publicidad. Ese discurso de retales, roto y fragmentado, que recibimos de los mass media es a lo que llamamos pluralidad informativa y contraste de opiniones, cuando en realidad solo contiene un mensaje; el ruido mismo. (El ruido es el mensaje). Los gabinetes de comunicación e imagen han tomado el mando estratégico de los partidos políticos, las agencias de contratación comercial dominan la realización y producción de los mass-media, los estudios de mercado posicionan los contenidos de internet, los algoritmos y pocesamiento de big-data redirigen la información personalizada y por sectores de hábitos, intereses y consumo.
En contraste, los géneros de la exposición, la crónica o la memoria, -todo aquello que constituye un discurso ordenado en busca de sentido o de destino- van desapareciendo de nuestros canales y costumbres, pero es que quizá la memoria, el conocimiento y el pensamiento no son útiles ya para nuestra sociedad.