Con los caminos desaparece también una forma de contar la vida, la narración, y la idea de destino, que está en la base y el origen de nuestra herencia cultural helénica. En contrapunto, el nuevo peatón de la ciudad camina por un espacio de no-lugares, un espacio-espectáculo y virtual, descentrado y sin discurso, con la mirada constantemente interrumpida y secuestrada por el cúmulo de mensajes informativos y publicitarios, por la virtualización que conlleva todo tipo de aplicaciones rutinarias basadas en GPS. (Mientras esperamos al autobús urbano, o a que el semáforo se ponga en rojo, o a que la máquina del parking nos entregue el ticket, justo allí, enfrente, hay un cartel publicitario estratégicamente situado para atrapar nuestra atención, un mensaje del móvil, incluso un Pokemon.
En 2008, por primera vez en la historia de la civilización, la población urbana del planeta (52 %) superó a la población rural. Se calcula que en 2030 será del 60% y en 2050 el 75% de la población mundial vivirá en las ciudades. Aparentemente, son solo cifras, pero este dato dice algo definitivo acerca de nuestro futuro. La gente vivirá en las ciudades y, más allá de ellas, el resto de la superficie del planeta será considerada exclusivamente como una planta de explotación alimentaria y energética. Esta superficie exterior – la que aún conocemos como Naturaleza- va tomando paulatinamente el aspecto de grandes zonas roturadas, por cuyos márgenes se trazarán largas vías de transporte, preferentemente rápido. No es sólo un cambio del paisaje, ni sólo económico, es una ruptura total con la memoria y un cambio de civilización.
Las autopistas acercan lo que está lejos y alejan lo que está cerca. En la ciudad de Madrid, un grupo de vecinos se reúne periódicamente para emprender acciones de defensa contra el urbanismo irracional. Pretenden demostrar un hecho desconocido para la opinión pública: es imposible salir caminando desde el interior de la ciudad. Por cualquier lado que lo intente, el caminante siempre encontrará un obstáculo: una carretera, una vía de tren, una barrera arquitectónica. Un buen día, los vecinos reclaman salir de la ciudad atravesando la Cañada Real, una antigua vía de trashumancia de ganado que unía regiones distantes de la península. En teoría, la vía está protegida por la ley. Pero en la actualidad está cerrada por una valla. Los vecinos reclaman a la policía el derecho de paso libre.